lunes, 10 de junio de 2013

Educar en Venezuela

Esta semana acompañé a mi hija de 7 años a la Universidad Simón Bolívar, lugar que sirvió de sede al examen de las Olimpíadas Recreativas de Matemáticas (ORM).  

El ambiente era estimulante. Ver esa cantidad de niñitos tan pequeños sentados en pupitres universitarios fue una experiencia muy hermosa para todos los padres presentes. Los niños estaban emocionados, pues el examen suponía un reto intelectual, además de toda una experiencia de vida. Mientras pasaban las horas veía esa Universidad excepcional, llena de profesores de primera, testigo de la fuga de miles de talentos, pero también de la lucha de muchas inteligencias que impulsan el necesario cambio del país. La Simón Bolívar, ícono de un nivel de exigencia alto, pasa por momentos difíciles, como todos en Venezuela. Pensé en lo distinto que podría ser el país si la ideología no ofuscara algunas mentes: si educásemos para la libertad y el servicio. Como madre, educadora y egresada de la Bolívar, fue inevitable que pensara en el futuro de esos niños que relativamente intuyen lo que sucede en el país. Pensé en lo vital que es educar y considerar, por otra parte, a los docentes, como los sujetos fundamentales de un verdadero cambio en la sociedad, porque  "educar a un joven no es hacerle aprender algo que no sabía, sino hacer de él alguien que no existía" (John Ruskin).

El verdadero educador enseña "algo" ignorado y por eso "nuevo", pero ante todo forma corazones, moldea vidas e ilusiones: ayuda a sacar al alumno de la oscuridad convenciéndole de su valía, reforzándole lo bueno y corrigiendo también sus deficiencias. Educar es mostrar que el horizonte está abierto a muchas posibilidades, entre las cuales hay que elegir con responsabilidad si se quiere ser sujeto activo de un cambio en la sociedad y en el mundo. Implica ayudar a persistir en la búsqueda de la verdad, de modo que el alumno logre llevar una vida con sentido. Por eso la verdadera educación no depende de la fuerza física, sino del dominio de la mente y de la bondad del corazón. 

La alegría de esos niños era la consecuencia de una especie de encuentro con el valor del conocimiento. Esas inteligencias tan sensibles y expectantes, tan ávidas de saber, tuvieron un primer contacto con un horizonte mucho más amplio: el mundo universitario. Algunos habrán imaginado que estudiarían allí. Otros habrán soñado con aplicar esa nueva lógica a algún fenómeno de la vida ordinaria, como procura fomentar esta iniciativa tan especial.

Lo cierto es que la experiencia fue de apertura, de alegría y de contacto con la verdad. Tres palabras claves implicadas con el verdadero proceso educativo, pues el saber genera alegría por su relación con la verdad; por lo mucho que estimula a superar las propias limitaciones, para transformarlas en fortalezas. Efecto muy distinto al experimentado en todo proceso de manipulación ideológica, en el que al engaño con falsas promesas sigue el encierro en uno mismo, en un único grupo, en una única idea, en una terminología unívoca, en una única prensa, en una única TV, en la isla de país secuestrado, y vendido al que pretende ser su único dueño.

A la inteligencia desnutrida sólo le queda la violencia.  Si, por el contrario, educamos bien a los niños, no habrá necesidad de castigar a los hombres (Pitágoras), pues habrán aprendido a hacer buen uso de su vida. Por ello tampoco habrá "distinción de clases" (Confucio), pues donde ha imperado la libertad para pensar y descubrir el mundo, se han facilitado las condiciones para ayudar a los niños a que rindan sus talentos.

El mundo ideal no existe, pero sí el mejorable. Y donde se fomenta la libertad de espíritu es más factible que el individuo pueda desarrollarse en paz. Los logros responderán al esfuerzo personal, aunado, sí, a la igualdad de las oportunidades ofrecidas, pero nunca a dádivas que sólo exigen a cambio fidelidad de pensamiento.

En fin, la alegría era notoria en las Olimpíadas de Matemáticas. Las caras de los niños significaban mucho. Lo eran –de hecho– "todo" para los padres. Mientras escribía este artículo, recibí un correo electrónico con la descripción de lo que parece estar experimentando la sociedad civil en Turquía. Resultó inevitable que lo asociara con lo que ahora digo, pues tiene que ver con la alegría que experimenta un pueblo que se descubre: que advierte que puede ser libre y que por serlo es feliz. El activista que escribió esas líneas se refiere así a lo que descubrió en un rostro concreto: "...traslucía el significado de la vida. Esa era la verdadera raíz de la vida, una fuente de sonrisa eterna. No encuentro palabras para reflejar la densidad de sentimientos, felicidad y emoción que hay aquí. Palabras que lo refieran no han sido nunca dichas en estas tierras, porque nunca se han experimentado sentimientos así. Ahora empezamos a hablar. Con palabras que no habían sido dichas hasta ahora. Para un mundo que no había sido soñado. Por gente que no había hablado.

Empezamos a hablar ahora. Para no estar nunca más en silencio".

Leamos bien.
Ofelia Avella
Caracas (?), 10 de junio 2013
ofeliavella@gmail.com


Tomado de El Universal el lunes 10 de junio de 2013. Dirección URL original: http://www.eluniversal.com/opinion/130610/educar-en-venezuela

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