martes, 15 de enero de 2013

A nuestros maestros, almas nobles

Ser maestro o maestra, es una profesión que no es posible comprender en su justa dimensión si no se ha tenido ese rol. Difícilmente alcanzaremos a tener una idea si no hemos estado nunca ante la magna responsabilidad de acompañar a los niños en la fascinante travesía del aprendizaje y el descubrimiento de la vida.

Pero hemos de atreveremos a lanzar algunas pinceladas para rendir tributo a quienes dan lo mejor de sí por una mejor educación en el país.

Creemos que para ser maestro, se requiere un alma noble que pueda dar y recibir bondad; un corazón sensible, capaz de asombrarse ante la grandeza de otro ser humano y sus potencial. Una inteligencia aguda, para captar y comprender la razón de ser de cada criatura humana en cada circunstancia. Una mente abierta, para recorrer los largos y confusos pasillos del silencio de un niño para tomarlo de la mano y acompañarlo a la luz de la alegría. Un espíritu libre ávido de aventura capaz de contagiar a sus pupilos la emoción del asombro por cada descubrimiento. Ser maestro es más, mucho más, que un párrafo cargado de epítetos y calificativos.

Por ello, pocos merecen realmente el título de Maestro. Porque pocos son los que realmente se atreven a sumergirse en ese misterioso territorio de la enseñanza genuina. Pocos realmente se atreven a la emocionante aventura de aprender y enseñar al mismo tiempo. Pocos logran descubrir el secreto de la alegría de vivir y contagiarlo a sus nóveles estudiantes.

Y aunque siempre será bueno recordar a maestros insignes como Andrés Bello, Simón Rodríguez, Luis Beltran Prieto Figueroa, Rómulo Gallegos, entre muchos otros, no podemos olvidarnos de esos valientes seres que hoy viven entre nosotros y que dedican buena parte de su existencia a la tarea de formar las almas y las conciencias tiernas de las generaciones que vendrán a sustituirnos en la inmensa tarea de hacer patria. Para ellos que cultivan los talentos de las generaciones que pasan por sus manos, nuestro tributo en este día.

¿Quién de nosotros recuerda a sus maestros de escuela? Este podría ser un ejercicio placentero para unos y no tanto para otros. La imagen que cada uno guarda de su maestro, depende fundamentalmente de la relación que haya tenido en esa significativa etapa de la vida.

Es el caso de quienes recuerdan a su maestro como alguien sabio, inteligente y amable. Siempre comprensible de nuestras travesuras y dispuesto a perdonarnos. Nos protegía y orientaba sin la severidad que tal vez merecíamos. Un ser excepcional.

Recordamos también aquel maestro hostil, regañón y hasta agresivo. A él lo tenemos en el lado oscuro de la memoria, ese al que sólo es posible acceder una tarde gris de un día anodino. Un ser intrascendente.

Pero también recordamos a ese maestro silencioso y distante que sólo podíamos ver desde la puerta o la ventana de nuestro salón cuando pasaba o se acercaba a hablar con nuestra maestra. Ese misterioso y hasta siniestro personaje que seguramente sería nuestro maestro el próximo año. Aún recordamos esa extraña sensación que genera la proximidad inexorable de un acontecimiento sobrecogedor. Otra lección de vida.

A los maestros de ayer, a los que nos formaron en aquellos años de nuestra infancia. Ustedes, maestros, han sido nuestros segundos guías. Nos han mostrado que la vida tiene valor y sentido y que cada instante vivido nos llena de sustancia. Sin ustedes, así como sin nuestros padres y familia, nuestro crecimiento moral se hubiera tornado gris y endeble. Gracias por habernos dado las primeras luces que nos han permitido orientarnos con claridad por los intrincados corredores de la vida. Siempre los llevaremos con cariño y admiración en nuestras memorias.

A los maestros de hoy, a los que heredaron la responsabilidad y la promesa de una Venezuela y un mundo mejor, no se avergüencen ni se detengan. Nunca se rindan, sigan cultivando con dignidad esas almas, esos corazones y esas mentes que un día tomarán las riendas del país. Jamás crean que están solos; y si alguna vez se sienten así, sepan que aquí estamos nosotros, también educadores de diferentes formas y en diferentes lugares del sistema. Pidan ayuda si la requieren, siempre estaremos dispuestos apoyarlos con nuestra voz, nuestra fuerza, nuestros talentos y conocimiento en esa sublime experiencia de educarNo se cansen de luchar y no olviden que su primera tarea, su primera responsabilidad, es la de aprender antes que enseñar.

Nos despedimos diciéndoles a nuestros colegas maestros que aquí estaremos atentos a su voz. Sepan que aquí hay un espacio en construcción sobre el que es posible apoyarse para construir una gran red nacional, activa y siempre abierta a la participación de cada uno de los profesionales de la educación en Venezuela.

Finalizamos dedicando un extracto de la Carta de Simón Bolívar a su maestro Simón Rodríguez:

¡Oh mi maestro! ¡Oh mi amigo! (...) Sin duda es usted el hombre más extraordinario del mundo. (...)
Usted maestro mío, que tanto debe haberme contemplado de cerca aunque colocado a tan remota distancia. Con qué avidez habrá seguido usted  mis pasos; estos pasos dirigidos muy anticipadamente por usted mismo. Usted formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que usted me señaló. (...) No puede usted figurarse cuán hondamente se han grabado en mi corazón las lecciones que usted me ha dado; no he podido jamás borrar siquiera una coma de las grandes sentencias que usted me ha regalado. (...) En fin, usted ha visto mi conducta, usted ha visto mis pensamientos escritos, mi alma pintada en el papel, y usted no habrá dejado de decirse: todo esto es mío, yo sembré esta planta, yo la regué, yo la enderecé tierna, ahora robusta. Fuerte y fructífera, he aquí sus frutos; ellos son míos, yo voy a saborearlos en el jardín que planté; voy a gozar de la sombra de sus brazos amigos... 

(Pativilca, 19 de enero de 1824)


Aquí algunas palabras dedicadas en Twitter a todos los maestros en su día:












































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